6 de agosto de 2017

El "relato", también en España.

CONSTRUYENDO UNA SOCIEDAD HISTÉRICA



Las ‘Trece rosas’: una historia donde nada es rosa

José Javier Esparza

La izquierda española, para seguir manteniendo su hegemonía ideológica, necesita reescribir continuamente su historia y deformarla.

La capacidad de la izquierda para construir leyendas es realmente admirable. El caso de las llamadas “trece rosas” es un perfecto ejemplo. Empezando por la circunstancia de que a esas mujeres fusiladas en 1939 se las considere socialistas cuando, en realidad, eran comunistas. Pero para entender adecuadamente el capítulo, en el que nada es rosa, conviene ponerlo en su contexto.

Cuando acabó la guerra civil, el Partido Socialista Obrero Español estaba literalmente triturado, dividido en al menos cuatro facciones. Hay que recordar que el último acto de la contienda es una batalla intestina en el bando del Frente Popular: a un lado, el Consejo de Defensa de Madrid, liderado por Besteiro con el coronel Casado y el anarquista Cipriano Mera; al otro, el gobierno Negrín, entregado al Partido Comunista y cuyos principales líderes ya habían huido del país. Aquella batalla no fue cosa menor: hubo cerca de 2.000 muertos. Sobre esta ruptura se añadió inmediatamente otra en el exilio: los socialistas de Indalecio Prieto, por un lado, contra los de Negrín, que a estas alturas ya había sido expulsado del PSOE. Prieto y Negrín no peleaban por razones ideológicas, sino por controlar el tesoro expoliado y expatriado por los jerarcas republicanos para sufragar su exilio. El PSOE nunca se recuperará de estos desgarros, y por eso su trayectoria bajo el franquismo fue tan poco relevante. Pero aun antes había habido otra ruptura, esta de mayores consecuencias: la de las Juventudes Socialistas, que fueron el instrumento de Moscú para fagocitar al PSOE.

Recordemos sumariamente los hechos: desde abril de 1936, con el protagonismo de Santiago Carrillo y por instrucción directa de Moscú, las organizaciones juveniles del partido socialista y del partido comunista se fusionan en las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU). Cuando estalla la guerra, los militantes de las JSU ingresan en masa en las llamadas Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas, la organización paramilitar del Partido Comunista, a la que tan pronto veremos en el frente como en la represión ejecutada en la retaguardia. Finalmente, en noviembre de 1936 y bajo la dirección personal de Santiago Carrillo, las JSU rompen con el PSOE y se pasan al Partido Comunista. Las JSU, por tanto, eran una organización dependiente del PCE, enteramente subordinado a su vez a la Komintern y al Partido Comunista de la Unión Soviética, cuyo líder, por si alguien ha olvidado, era Stalin. Todas estas cosas son bien sabidas y los propios protagonistas las han contado reiteradas veces. Es asombroso que aun sea preciso recordarlas.

Ahora con la democracia: Santiago Carrillo
y el Rey Juan Carlos, durante la Transición

Cuando acabó la guerra civil, en abril de 1939, los principales cuadros del Partido Comunista ya estaban en el extranjero. Primero en Francia, pero París proscribió a los comunistas después del pacto de Stalin con Hitler (agosto de 1939), así que casi todos acabaron en Moscú. Cerca de un millar de personas se instalaron en la capital soviética. Meses antes, en junio, Santiago Carrillo había publicado su célebre carta contra su propio padre, el socialista Wenceslao, de la facción de Besteiro, acusándole de traición. Los socialistas –decía entre otras cosas Santiago Carrillo- habían dejado en la cárcel a millares de comunistas para que las tropas de Franco los encontraran allí al entrar en Madrid. Eso era verdad. La carta tenía por objeto exculpar al PCE –y sobre todo al propio Santiago- de responsabilidad en la derrota y romper cualquier lazo entre el PCE y el PSOE. Consiguió su objetivo, aunque a Carrillo le costaría recuperar su posición en la cúpula de un PCE cuyo buró político se reunía en Moscú en un ambiente de tempestad. No era para menos: José Díaz, el ya muy quebrantado secretario general, acusaba de traición a las JSU, es decir, a Carrillo.

El episodio de las “trece rosas” tiene que inscribirse en este contexto. En el verano de 1939, lo que ha quedado del PCE en España es menos que nada: los que no han huido, han sido ejecutados por las socialistas en el golpe de Besteiro y Casado –véase el caso de Barceló- o están presos y esperando juicio o paredón. El primer intento de reconstrucción del partido en torno a Matilde Landa es frustrado de inmediato por la policía (Matilde fue condenada a muerte, pero una intervención del filósofo García Morente, ya sacerdote, la salvó del paredón). Acto seguido toma su testigo Cazorla, viejo camarada de Carrillo en los días de Paracuellos, pero con la misma rapidez es delatado desde el interior. Son episodios que he documentado abundantemente en “El libro negro de carrillo” (Libros Libres, Madrid, 2010). En Madrid permanecen, sin embargo, núcleos menores de las JSU, que sienten la necesidad de multiplicar las acciones para evitar la acusación de traición que se formula contra ellos. Ahora bien, esos sectores que aún quedan en la capital son los más vinculados a la represión roja en retaguardia, dirigidos por líderes de tercer o cuarto nivel y prácticamente sin comunicación con la cúpula de la organización, que está en el extranjero. Son tales líderes los que, supuestamente, tramaron el asesinato de Isaac Gabaldón a finales de julio de 1939.

El comandante Isaac Gabaldón, guardia civil, estaba adscrito al Servicio de Información Militar de Gutiérrez Mellado y era encargado del Archivo de Logias, Masonería y Comunismo, es decir, un puesto clave de la represión de posguerra. Fue asesinado en la carretera de Talavera junto a su hija (Pilar, 16 años) y su chófer. El asesinato fue imputado a los comunistas, es decir, a las JSU. Hubo una redada que desmanteló los últimos restos del partido comunista en Madrid y llevó al tribunal, primero, y al paredón después, a 56 personas, entre ellas las jóvenes que luego la propaganda comunista bautizará como las “trece rosas”. El mismo día del asesinato, según refiere Piñar Pinedo citando una resolución judicial del 20 de octubre de 1939, apareció en la prisión de Porlier nada menos que Gutiérrez Mellado para excarcelar a uno de los detenidos, el militante comunista Sinesio “el Pionero”, que resultó ser un confidente del SIM. Sólo él se salvó. Y enseguida desapareció para siempre. Todo el episodio del asesinato de Gabaldón y la investigación posterior está lleno de misterios y contradicciones. No es, en todo caso, el objeto de este artículo.

Los 56 detenidos en aquella operación fueron acusados de terrorismo, tanto por el asesinato de Gabaldón como por otras tentativas. Objetivamente, terrorismo era. Después, la mitología de la izquierda española ha convertido a las víctimas, y en particular a las “trece rosas”, en leyenda. La placa que conmemora su muerte dice que “dieron su vida por la libertad y la democracia”. No: dieron su vida –o, más bien, se la quitaron- por la dictadura del proletariado y por la revolución bolchevique, que era en lo que realmente creían. Su historia no carece de valor, como la de todos los que mueren defendiendo sus ideas, pero invocar al efecto “la libertad y la democracia” es un disparate que sobrepasa los límites del ridículo.

La realidad de los hechos es esta: nada en este episodio es rosa, ni en un lado ni en el otro. La represión de posguerra es respuesta directa a la de la guerra, como ocurre en todas las guerras civiles que en el mundo han sido. Reconstruir el episodio como si fuera una película de buenos y malos es un infantil ejercicio de estupidez. Hoy debería ser posible hablar de estas cosas con cierta frialdad. Pero la izquierda española, para seguir manteniendo su hegemonía ideológica, necesita reescribir continuamente su historia y deformarla hasta el punto de convertirla en mitología (con la anuencia cómplice y cobarde de una derecha necia hasta el infinito). Así nos han construido una especie de nuevo santoral donde cada beato tiene su hornacina, y ay de quien ose profanar los altares utilizando palabras inadecuadas. Nada podrá atenuar la pena del reo de blasfemia. Lo próximo será obligar a los culpables a pasear por las calles con sambenito y coroza, para escarnio público. Estamos construyendo la sociedad más histérica de todos los tiempos.

Fuente: La Gaceta-España

20 de julio de 2017

Derechos de bragueta y marxismo (fin)





El capitalismo, en alianza con sus mamporreros marxistas, había logrado desintegrar las estructuras tradicionales de autoridad que conformaban la comunidad política, dejando a las gentes huérfanas y desposeídas de vínculos, convertidas en una masa amorfa ensimismada en sus genitales
 
Derechos de bragueta y marxismo (y V)

Juan Manuel de Prada

Para los años setenta, la izquierda se había convertido en una caricatura degradada: absolutamente incapaz de hacer mella en las relaciones de producción capitalistas, plenamente integrada en regímenes políticos que le permitían disfrutar opíparamente del poder, sus líderes amparaban leyes cada vez más lesivas para los trabajadores. Es en este contexto cuando la plutocracia antinatalista lanza un último cebo que resultará extraordinariamente eficaz para sus fines.

Durante los años sesenta, las reivindicaciones de diversos grupos étnicos (v.gr. los negros de Estados Unidos) habían obtenido unos resultados que, apenas unos años antes, hubiesen resultado inimaginables. Enseguida la plutocracia antinatalista descubrió que, si lograba utilizar estos movimientos para exaltar el aborto, así como preferencias sexuales excéntricas, podrían matar dos pájaros de un tiro: por un lado, quebrarían la solidaridad de los trabajadores, entreteniéndolos en reivindicaciones que causarían una división creciente entre sus filas; por otro lado, podrían hacer avanzar su lucha contra la procreación, asociándola a movimientos que, además, los Estados financiarían, para que no los acusasen de “discriminación”. Era un método bueno, bonito y barato de conseguir sus fines antinatalistas; y, por supuesto, para ponerlo en marcha recurrieron a su tonto útil predilecto, la izquierda post-marxista y cipaya, traidora y pancista.

El capitalismo, en alianza con sus mamporreros marxistas, había logrado desintegrar las estructuras tradicionales de autoridad que conformaban la comunidad política, dejando a las gentes huérfanas y desposeídas de vínculos, convertidas en una masa amorfa ensimismada en sus genitales. Mediante estas “políticas de identidad”, se podía sobornar a esa masa amorfa con caramelitos muy apetitosos –discriminación positiva, cuotas laborales, “ampliación de derechos”, quirófanos gratis, etcétera– que estimularían la formación de diversos grupúsculos identitarios, ávidos de privilegios. Así se logró hacer añicos la tradición solidaria y universalista del marxismo originario.

La izquierda, desde entonces, se convertiría en un mosaico de intereses minoritarios, definidos por la pertenencia a una raza, por la preferencia sexual o la adscripción (cambiante) a tal o cual “género”. Estos grupúsculos se mantienen frágilmente unidos mientras existe un enemigo común real o ficticio (por ejemplo, una Iglesia católica cada vez más eclipsada); pero siembran la cizaña, arrastrados por sus intereses egoístas nunca suficientemente satisfechos, cuando ese enemigo desaparece, favoreciendo el triunfo de un capitalismo globalizado e inexpugnable (entre otras razones, porque los marxistas traidores dejaron de combatirlo, ocupados en halagar la bragueta de sus adeptos). Las políticas de identidad (feminismos, homosexualismos, ideologías de género, etcétera) desactivan por completo la vieja “lucha de clases”, atomizándola en un enjambre de luchas sectoriales y dejando a las personas a merced de su sexualidad polimorfa, que exige la satisfacción de caprichos cada vez más estrambóticos y su conversión en “derechos civiles”. Así se alcanza la apoteosis de esa religión que, a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad.

Y esos trabajadores traicionados por la izquierda, mientras disfrutan de pornografía gratuita, mientras abortan a mansalva o se cambian de sexo, mientras permiten que sus escasos hijos sean envilecidos con las formas más corruptoras de propaganda, se conforman con salarios cada vez más birriosos. La anarquía moral, como nos enseñaba Belloc, es siempre muy provechosa para los ricos y los codiciosos.

Publicado en ABC el 17 de julio de 2017.

Tomado de: religionenlibertad
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Derechos de bragueta y marxismo, notas anteriores:

I   -  Donde el capitalismo y el marxismo se unen

II   -  Derechos de bragueta y marxismo

III -   Gramsci: La vaselina del sistema

IV -  "Liberación sexual": marxismo y psicoanálisis

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18 de julio de 2017

"Liberación sexual": Marxismo y psicoanálisis




"Es verdad que esta Escuela de Fráncfort urdió teorías que atentaban contra la familia; pero la revolución práctica la llevó siempre a cabo el capitalismo, que controlaba los parlamentos y las fábricas de anticonceptivos".


Derechos de bragueta y marxismo (IV) 
Juan Manuel de Prada


En esta exaltación de los derechos de bragueta que propicia la alianza entre capitalismo y marxismo la llamada Escuela de Fráncfort desempeñó un papel bastante relevante; aunque no tanto, desde luego, como cierto conservadurismo conspiranoico pretende, en su afán por asociar la salvación de la religión a la salvación del capitalismo. En el fondo, se atribuyen al “marxismo cultural” unas responsabilidades que en gran medida corresponden a este conservadurismo, por su connivencia con las formas capitalistas más depravadas; lo cual no deja de ser una curiosa maniobra a la vez victimista y ponciopilatesca. Es verdad que esta Escuela de Fráncfort urdió teorías que atentaban contra la familia; pero la revolución práctica la llevó siempre a cabo el capitalismo, que controlaba los parlamentos y las fábricas de anticonceptivos.

Para entender plenamente la consolidación de esa religión que, «a la vez que exalta la lujuria, prohíbe la fecundidad», tenemos que referirnos a la aberrante síntesis entre marxismo y psicoanálisis. Freud, mediante la exploración del inconsciente, llegó a la delirante conclusión
Sigmund Freud
de que la inmensa mayoría de las faltas y errores humanos se pueden atribuir a unas causas sobre las que el ser humano tiene poco o ningún control. El psicoanálisis se convirtió, de este modo, en la coartada perfecta para evitar el juicio sobre la maldad objetiva de nuestras acciones; y en una negación de nuestra responsabilidad. En este contexto, surgieron hombres como el psiquiatra marxista Wilhelm Reich, autor de La liberación sexual, para quien la represión sexual es un efecto de la dominación capitalista, que de este modo se asegura la existencia de sujetos pasivos y obedientes. Esta represión sexual, a juicio de Reich, sólo se podría solucionar mediante una revolución que garantizase la liberación absoluta de energías sexuales. Y esta liberación de energías sexuales sería, a juicio del visionario o demente Reich, capaz de transformar el mundo.

Esta lectura sui generis de la undécima tesis sobre Feuerbach de Marx sería después legitimada por la Escuela de Fráncfort, que preconizó la aniquilación del orden natural (por considerar que sostenía… ¡los valores capitalistas!) y la transformación revolucionaria del mundo a través de la liberación de la libido. Tales ideas serían posteriormente exaltadas por los agitadores de Mayo del 68. Aunque sería injusto no recordar también que desde la propia Escuela de Fráncfort se desarrolló una crítica muy lúcida a esta presunta “liberación sexual”. Así, por ejemplo, Herbert Marcuse advierte en Eros y civilización de los peligros de la “desublimación represiva”, mediante la cual el capitalismo enfoca la “energía libidinal” hacia el ámbito de la pura genitalidad, creando una sociedad de hombres que se conforman con la satisfacción de apetencias sexuales inducidas por la élite dominante. Y no podemos dejar de mencionar, entre los marxistas críticos, al cineasta y escritor Pier Paolo Pasolini, quien en su ensayo Demasiada libertad sexual os convertirá en terroristas advierte proféticamente que el capitalismo se ha aliado con las fuerzas de la izquierda; y que la libertad sexual que la izquierda había abrazado insensatamente era una vil argucia capitalista que, concediendo «una tan amplia como falsa tolerancia», sometía aún más y de una manera más vil a los seres humanos, lucrándose con lo que disfrazaba de transgresión.

Pero el capitalismo aún se reservaba una argucia más vil, una golosina más deslumbrante, que los epígonos del marxismo correrían a comprar, para traicionar más eficazmente a los trabajadores. Nos referimos a las “políticas de identidad”.  (Concluirá)

Publicado en ABC el 15 de julio de 2017.

 

13 de julio de 2017

Gramsci: la vaselina del sistema


El marxismo gramsciano fue el mamporrero intelectual que el capitalismo requería, la vaselina teórica que facilitaría sus violencias prácticas.

Antonio Gramsci- 1891-1937

Derechos de bragueta y marxismo (III)
Juan Manuel de Prada
12 julio 2017

Pronto los discípulos de Marx, incapaces de liberar a los pueblos de las relaciones de producción capitalistas, se lanzaron a la destrucción de las “superestructuras”. Y, entre todas las “superestructuras” existentes, se centraron en la demolición de la religión y la moral cristianas, que eran el escudo que protegía –si bien de forma cada vez más precaria, a medida que la autoridad política no reconocía la soberanía divina– a los pobres de la rapacidad de los poderosos. Así ocurrió, por ejemplo, durante la Segunda República española, en la que las izquierdas se empeñaron en combatir la religión de forma obsesiva, lo que a la postre no hizo sino beneficiar los propósitos del capitalismo. Pues, a la vez que dotaba a sus partidarios de una coartada excelente, permitiéndoles presentarse como protectores de la religión, asociaba la salvación de la religión a la salvación del capitalismo, que es lo que hasta nuestros días ha defendido el catolicismo pompier.

Entre todos los discípulos de Marx que se lanzaron a la quimera utópica de cambiar las 
“superestructuras”, debemos citar a Antonio Gramsci. Fue él quien, en flagrante contradicción con la metodología establecida por Marx, preconizó que el cambio en las relaciones de producción sólo se lograría después de una “larga marcha” hacia la hegemonía cultural. Y esa hegemonía se lograría subvirtiendo ideológicamente las “superestructuras” asociadas a la moral cristiana. Desde entonces, para los intelectuales marxistas la familia se convirtió en una “superestructura patriarcal” abominable; y se pusieron a criticarla teóricamente, mientras el capitalismo –mucho más pragmático– la revolucionaba prácticamente con los métodos descritos por Chesterton: alentando divorcios, provocando la lucha moral y la competencia laboral entre los sexos, obligando a emigrar a los trabajadores, favoreciendo una publicidad que se burlaba de todas las virtudes domésticas, desde la obediencia a la fidelidad. El marxismo gramsciano fue el mamporrero intelectual que el capitalismo requería, la vaselina teórica que facilitaría sus violencias prácticas.

El marxismo gramsciano, en fin, consumó una traición a los trabajadores de magnitudes colosales, pues fue la cobertura ideológica que el capitalismo necesitaba para destruir la institución familiar y supeditarla a la organización económica, tal como había reclamado John Stuart Mill  Y su legado más evidente sería a la postre el indigno Estado de Bienestar, amalgama de capitalismo y socialismo que Belloc anticipó bajo el nombre de “Estado servil”, en donde el trabajo asalariado de una mayoría abrumadora se hace obligatorio, en beneficio de una minoría propietaria; y en donde, para que esta iniquidad no resulte del todo insoportable, se procura la «satisfacción de ciertas necesidades vitales y un nivel mínimo de bienestar». El marxismo gramsciano fue a la postre el caballo de Troya del capitalismo para que –citamos de nuevo a Belloc– «los hombres estuviesen conformes en aceptar ese orden de cosas y seguir viviendo en él»; es decir, para que acatasen las relaciones productivas del capitalismo y la autoridad política degenerada que, en lugar de combatir el poder del Dinero, se arrodillaba ante él. Autoridad política degenerada que, sin embargo, los hombres llegaron a adorar, pues entretanto habían dejado de creer en la propiedad y en la libertad, y ya sólo anhelaban «el mejoramiento de su condición mediante regulaciones e intervenciones venidas de lo alto».

No hace falta añadir que, a falta de propiedad y libertad política, el capitalismo confabulado con el marxismo gramsciano ofreció a los hombres un “mejoramiento” que a ambos iba a resultar muy rentable: los derechos de bragueta. (Continuará)

Publicado en ABC el 10 de julio de 2017.

Fuente: religionenlibertad

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Anterior: Derechos de bragueta y marxismo II

11 de julio de 2017

Derechos de bragueta y marxismo





Derechos de bragueta y marxismo (II)
         
Si en el pensamiento marxista originario no hallamos (a diferencia de lo que ocurría con el pensamiento capitalista) odio a la procreación sí hallamos, en cambio, aversión hacia la institución familiar.

Juan Manuel de Prada
9 julio 2017

Habría que empezar señalando que los padres del socialismo no fueron antinatalistas. Proudhom, en La filosofía de la miseria, había afirmado sin rebozo que «sólo hay un hombre de más sobre la faz de la tierra: el señor Malthus». Y Marx, en El capital, afirma que las teorías de Malthus fueron aclamadas por las oligarquías inglesas porque en ellas descubrieron «el extintor de todas las aspiraciones del progreso humano». El marxismo originario consideraba que la natalidad sería un instrumento poderosísimo en la liberación del proletariado; pues el anhelo de brindar a sus hijos un futuro mejor enardecería a los obreros en su lucha. Esta posición nítida del marxismo originario la encontramos todavía en líderes comunistas posteriores tan destacados como el francés Maurice Thorez, quien en 1956 escribía en L’Humanité: «Nosotros luchamos, frente al malthusianismo reaccionario, por el derecho a la maternidad y por el futuro de Francia. (…) El camino que conduce a la liberación de la mujer pasa por las reformas sociales, por la revolución social, y no por las clínicas abortivas».

Ni siquiera puede afirmarse que el totalitarismo soviético tuviese un designio antinatalista. Aunque Lenin, sabiendo que la anarquía moral favorecería el triunfo de la revolución, despenalizó el aborto y la homosexualidad, enseguida Stalin rectificó, prohibiendo el aborto y persiguiendo sañudamente la homosexualidad. A mediados de los años cincuenta, una vez superados los estragos causados por la guerra, la Unión Soviética volvió a promover leyes de control de la población; en cambio, extremó su vigilancia contra la homosexualidad, cuya práctica consideraba una vía de infiltración del decadente y abominable modo de vida capitalista. El comunismo soviético, pues, sólo fue antinatalista por razones de coyuntural conveniencia política, o porque la aritmética del horror de los planes quinquenales así lo establecía.

Si en el pensamiento marxista originario no hallamos (a diferencia de lo que ocurría con el pensamiento capitalista) odio a la procreación sí hallamos, en cambio, aversión hacia la institución familiar. En sus Tesis sobre Feuerbach, por ejemplo, Marx afirma que para combatir la «autoenajenación religiosa» no basta con disolver el mundo religioso, reduciéndolo a su «base terrenal», sino que hay que transformar esta base terrenal. Y pone un ejemplo muy ilustrativo : «Después de descubrir, v. gr., en la familia terrenal el secreto de la sagrada familia, hay que criticar teóricamente y revolucionar prácticamente aquélla». Esta “deconstrucción” de la familia que propone Marx (y que sus discípulos harán suya con entusiasmo) se explica porque en ella descubre una pervivencia del principio de autoridad que es el fundamento de instituciones políticas como la monarquía. Resulta paradójico que la perspicacia de Marx descubriese al instante lo que los monárquicos de opereta ni siquiera huelen; y tampoco, por cierto, el clericalismo merengoso que oculta o tergiversa las palabras de San Pablo sobre la familia, temeroso de provocar las iras del mundo. En efecto, la familia natural es una escuela de autoridad amorosa y obediencia responsable, en donde interiorizamos el concepto de jerarquía. Marx creyó que criticando teóricamente y revolucionando prácticamente la familia podría combatirse más fácilmente la autoridad política (para entonces ya degenerada) que amparaba unas relaciones de producción injustas. Pero al capitalismo también le interesaba esta revolución de la familia, como dejó claro John Stuart Mill; y tenía la fórmula idónea para preservar las estructuras que facilitaban su hegemonía, mientras los marxistas se dedicaban a destruir las superestructuras que la dificultaban. (Continuará)

Publicado en ABC el 8 de julio de 2017.

Fuente: religionenlibertad
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Anterior: Derechos de bragueta y marxismo (I)
acá == Donde el capitalismo y el neomarxismo se unen

9 de julio de 2017

Donde el capitalismo y el neomarxismo se unen



"...ya que no podían cambiar las relaciones de producción del capitalismo, se lanzaron a la quimera utópica de cambiar la “superestructura”. De este modo, mantenían viva una retórica “liberacionista” que disimulase su incapacidad para cambiar las relaciones de producción..."


Derechos de bragueta y marxismo (I)
       
Los discípulos de Marx se centraron en combatir aquella "superestructura" que el capitalismo siempre había aborrecido, porque para entonces era ya el único freno que dificultaba su expansión. Esa "superestructura", por supuesto, era la moral cristiana.

Juan Manuel de Prada
4 de julio de 2017


Juan Manuel de Prada
Hace ahora un año publicábamos una serie de cuatro artículos, titulada Capitalismo y derechos de bragueta, en los que mostrábamos cómo el antinatalismo fue una obsesión recurrente de todos los padres fundadores del pensamiento capitalista, desde Adam Smith a David Ricardo, desde Malthus a John Stuart Mill. Entendieron aquellos hombres protervos que el capitalismo sólo podría imponer sus postulados si lograba debilitar la posición de los trabajadores; y, para ello, tuvo desde el principio claro que debía hacerlos infecundos. Pues, cuantos menos hijos tuviesen, se conformarían con salarios más bajos; y lucharían con menos ardor por sus derechos, pues sólo los hombres fecundos miran hacia el horizonte. Los hombres estériles, en cambio, se miran el ombligo.

El capitalismo se dedicó desde el principio, pues, a destruir la institución familiar, alentando el divorcio, provocando la lucha entre los sexos y escarneciendo las viejas virtudes, hasta instaurar una nueva religión que, a la vez que exaltaba la lujuria, prohibía la fecundidad. Chesterton ha descrito este designio del capitalismo con palabras imperecederas que, lamentablemente, el catolicismo farisaico y pompier, lacayo del Dinero, ha procurado siempre ocultar. La apoteosis de esta religión promovida por el capitalismo se está produciendo en nuestra época, que celebra con eufórico orgullo el sometimiento de nuestra generación a los imperativos del antinatalismo más aberrante. Y que exalta una serie de derechos de bragueta cuyo poder narcotizante hace pasar inadvertida la simultánea consunción de los derechos derivados del trabajo.

Que al capitalismo le interesa promover de los derechos de bragueta resulta evidente; pues sabe que el trabajador que carece de una prole por la que luchar acaba convirtiéndose en un conformista. Pero, ¿cómo se explica que aquellas ideologías surgidas para combatir al capitalismo hayan terminado siendo sus mamporreros más abnegados y eficaces en la propagación y proliferación de estos derechos de bragueta? ¿Cómo es posible que quienes supuestamente defendían a los trabajadores de los embates del capitalismo se hayan convertido en sus apacentadores hacia el redil de esclavitud?

Nos confrontamos aquí con la traición de las ideologías izquierdistas a los trabajadores, uno de los fenómenos más estremecedores e inicuos de nuestra época. Para Marx, la liberación del hombre y la erradicación de las diversas alienaciones que lo atenazaban sólo se lograría alterando las circunstancias económicas. Sólo el cambio en las relaciones de producción desencadenaría el consiguiente desmoronamiento de la “superestructura” (que, en la jerga marxista, es el conjunto de instituciones jurídicas y políticas, así como las representaciones ideológicas, filosóficas y religiosas propias de cada época). Pero cambiar las relaciones de producción capitalistas allá donde no triunfaron las revoluciones cruentas se demostró pronto una labor ímproba para los discípulos de Marx. Y, para mantener engañados a sus adeptos, ya que no podían cambiar las relaciones de producción del capitalismo, se lanzaron a la quimera utópica de cambiar la “superestructura”. De este modo, mantenían viva una retórica “liberacionista” que disimulase su incapacidad para cambiar las relaciones de producción. Curiosamente, en esta maniobra de despiste, los discípulos de Marx se centraron en combatir aquella “superestructura” que el capitalismo siempre había aborrecido, porque para entonces era ya el único freno que dificultaba su expansión. Esa “superestructura”, por supuesto, era la moral cristiana. Y es que, como escribió Belloc, “la anarquía moral es siempre muy provechosa para los ricos y los codiciosos”. (Continuará)

Publicado en ABC el 3 de julio de 2017.

Fuente: religionenlibertad



27 de junio de 2017

"Orgullo gay" y revolución neoliberal




"El Orgullo Gay es la orgía exultante y avasalladora de un neocapitalismo que celebra su éxito arrollador; pues, a la vez que ha conseguido instaurar su modelo social anhelado, ha logrado hacerlo presentándose taimadamente como fuerza opositora"


Promoviendo la revolución...


Orgullo neocapitalista 
Juan Manuel de Prada        


Que el homosexualismo se ha convertido en el instrumento más eficaz de la gran revolución neocapitalista es una evidencia clamorosa.
Frente a los ilusos izquierdistas de su época, Pier Paolo Pasolini tuvo la perspicacia de advertir que la única fuerza auténticamente revolucionaria –devastadoramente revolucionaria–
Pier Paolo Pasolini
era el capitalismo; y profetizó que esa fuerza utilizaría las reivindicaciones de los ilusos izquierdistas como motor de su triunfo. “El capitalismo –escribió el genial cineasta y escritor italiano– es hoy el protagonista de una gran revolución interna: se está convirtiendo, revolucionariamente, en neocapitalismo. La revolución neocapitalista se presenta taimadamente como opositora, en compañía de las fuerzas del mundo que van hacia la izquierda. En cierto modo, él mismo va hacia la izquierda. Y yendo (a su modo) hacia la izquierda tiende a englobar todo lo que marcha hacia la izquierda”. Esta gran intuición de Pasolini lo llevaría a afirmar, allá por 1972, que la llamada “libertad sexual” no era, en realidad, sino una vil argucia capitalista que, concediendo “una tan amplia como falsa tolerancia”, somete aún más y de una manera más vil a los seres humanos, lucrándose con lo que disfraza de transgresión sexual.

Tras advertir que el neocapitalismo estaba asimilando e instrumentalizando las ideas que los ilusos izquierdistas seguían jaleando, Pasolini realizó la brutal y estremecedora Salò, que no es solamente –como sus comentaristas más lerdos pretenden– una condena del fascismo, sino sobre todo una crítica del capitalismo que se lucra con el discurso de la libertad sexual. El marxista Pasolini fue entonces tildado de “reaccionario” por los ilusos marxistas que seguían predicando la libertad sexual, sin percatarse de que era el nuevo instrumento alienante utilizado por el neocapitalismo revolucionario. Y hoy el homosexual Pasolini habría sido tildado con idéntica virulencia de “homófobo” por los orgullosos promotores del homosexualismo.



La izquierda:  Orgullo revolucionario


Que el homosexualismo se ha convertido en el instrumento más eficaz de la gran revolución neocapitalista es una evidencia clamorosa. Si hay una batalla que el neocapitalismo libre con denuedo es la batalla antinatalista. La automatización de los procesos de producción favorecida por el desarrollo tecnológico necesita disminuir de forma drástica la mano de obra. Y la revolución neocapitalista sabe bien que sólo podrá llevar a cabo sus designios suministrando derechos de bragueta a granel; pues una sociedad infecunda, aparte de favorecer la disminución de mano de obra, es una sociedad ensimismada en el consumo. O sea, la sociedad soñada por la revolución neocapitalista.

Pretender presentar la fiesta del Orgullo Gay como una fiesta “reivindicativa” es graciosísimo. ¿Alguien ha oído hablar de algún acto auténticamente subversivo que sea celebrado lo mismo por las izquierdas que por las derechas, lo mismo por las grandes corporaciones que por la prensa sistémica? ¿Alguien concibe un acto de auténtica rebeldía social que sea sufragado igualmente por empresas privadas y poderes públicos? ¿Alguien puede imaginar una fiesta auténticamente contestataria en la que desfilen carrozas patrocinadas por marcas comerciales? ¿Se imaginan una manifestación de refugiados o de trabajadores en paro con carrozas patrocinadas? El Orgullo Gay es la orgía exultante y avasalladora de un neocapitalismo que celebra su éxito arrollador; pues, a la vez que ha conseguido instaurar su modelo social anhelado, ha logrado hacerlo presentándose taimadamente como fuerza opositora. El Orgullo Gay nos confirma que aquella revolución neocapitalista avizorada por Pasolini se ha consumado.

Confundir el Orgullo Gay con un acto reivindicativo es tan surrealista, en fin, como confundir Wonder Woman con una película de Pasolini.

Publicado en ABC el 26 de junio de 2017.

Fuente: Religionenlibertad